Historia de Malvinas

Malvinas: Su historia 
Por el Servicio Histórico del Ejército


El descubrimiento de las Islas Malvinas se adjudicó a diferentes personas. Entre otros, se cita a Américo Vespucio (1501), a Esteban Gómez -en 1520, quien formó parte de la expedición de Magallanes al mando de la nave “San Antonio”- y a los tripulantes de una nave de la armada del obispo de Plasencia, a quienes se atribuyó la concreción del más antiguo asiento malvinense del que se tenga noticias. Respecto de estos últimos tripulantes, se dice que el 4 de febrero de 1540, hallándose en la boca del Estrecho de Magallanes, vieron “unas ocho o nueve islas” delante de la tierra que creyeron firme. Luego abordaron un lugar que llamaron puerto de las Zorras, en la Gran Malvina, donde habrían invernado.

La cartografía y las crónicas de viajes del siglo XVI registraron la existencia de las islas con diversos nombres: De Los Patos, Sansón, San Antón o Ascensión. Entre los navegantes que dieron noticias de ellas, figuraba el capitán holandés Sebald de Weert, quien el 24 de enero de 1600 las avistó, situándolas a 50° 40′ de latitud Sur. Una vez en Europa, difundió su carta geográfica, por lo que al archipiélago Noroccidental, en honor a quien las registrara, se lo denominó “Sebaldinas”.

El nombre Malvinas se originó en la derivación fonética española del francés “Malouines”, ya que el lugar de origen de los primeros navegantes franceses que las visitaron era el puerto de Saint Malo.

Gran Bretaña atribuyó el supuesto descubrimiento y posterior desembarco, al Capitán John Strong. En efecto, el 6 de febrero de 1690, dicho capitán habría navegado el canal que separa las dos islas mayores, al que denominó “Falkland Sound”, en honor del vizconde, entonces jefe del Almirantazgo. Tal nombre se extendió primero a la isla occidental, y luego a todo el archipiélago.

La jurisdicción y soberanía de España sobre las islas provenían de un título pontificio, anterior al descubrimiento. En 1493, el Papa Alejandro VI, a través de las Bulas Pontificias, asignó a España, a sus herederos y sucesores todas las islas y tierra firme descubiertas o por descubrir, hacia el Oeste de una línea ubicada a 100 leguas al Oeste de las islas de las Azores o de Cabo Verde, límite que, en junio de 1494, fue ampliado. Ello sucedió al firmarse el Tratado de Tordesillas entre los reyes de España y Portugal.

Con el propósito de proteger la integridad territorial del imperio, mantener el statu quo colonial y sostener la vigencia del principio de exclusividad en las navegaciones y el comercio, España celebró sucesivos tratados con distintas potencias, en los que éstas ratificaron el compromiso de no intervenir en el Atlántico Sur, región donde Inglaterra, especialmente, pretendía establecer una escala, antes de proceder a doblar el temido Cabo de Hornos.

La primera colonización del archipiélago malvinense la realizó Francia. En 1763, ante la pérdida de una gran parte de sus posesiones en favor de Inglaterra, el marino y militar Luis Antonio de Bougainville propuso a su gobierno una indemnización, beneficio que se retribuía con el descubrimiento de las tierras australes y de las islas que se hallaren sobre la ruta.

Esta expedición -la integraban los navíos “El Aguila” (20 cañones) y “La Esfinge” (doce cañones)- zarpó del puerto de Saint Malo en septiembre, y tras una breve recalada en Montevideo, el 3 de febrero de 1764 los marinos franceses divisaron una gran bahía en la Malvina Oriental.

El 17 de marzo, Bougainville emplazó la colonia en Puerto Luis, a una legua al fondo de la bahía, en la costa del Norte. Inicialmente, el establecimiento contó con veintinueve pobladores, entre los que se incluían cinco mujeres y tres niños. Se construyeron casas, un gran almacén y el fuerte San Luis, que poseía doce cañones puestos en batería, y tenía en el centro un obelisco de veinte pies de altura, con la efigie del rey que decoraba uno de sus lados. Bajo sus cimientos se enterraron algunas monedas con una medalla, la que tenía grabada, en una de sus caras, la fecha de la empresa, y en la otra, el rostro del rey, con la leyenda “Tibi serviat ultima Thule”. El 5 de abril, Bougainville tomó posesión de todas las islas en nombre del rey de Francia.

España conoció la existencia de la próspera colonia y exigió a Francia el cumplimiento del Pacto de Familia firmado entre los Borbones, en 1761. Fue entonces, cuando el rey español convino en indemnizar a Bougainville por los gastos que le había ocasionado la fundación de la colonia.

El 1º de abril de 1767, Puerto Luis fue reintegrado a España. Ese día, los españoles enarbolaron su bandera, y desde tierra y desde los navíos, se la saludó con veintiún cañonazos tanto a la salida como a la puesta del sol. Algunas familias francesas optaron por quedarse, y el resto, incluida la plana mayor, fue embarcado en las fragatas españolas hacia Montevideo.

El 2 de abril, el Capitán de Navío Felipe Ruiz Puente se convirtió en el primer gobernador español de Malvinas. Cabe referir, que con anterioridad -el 2 de octubre de 1766- Carlos III había creado la Gobernación de las Islas Malvinas, que puso bajo dependencia del Gobernador de Buenos Aires.

Sin embargo, y a partir de 1765, Gran Bretaña renovó su interés en las islas. Ello sucedió cuando una expedición al mando del Comodoro John Byron, que arribó al Atlántico Sur con la misión de reconocer lugares convenientes para establecer una o varias colonias, exploró las costas de la Malvina Occidental, y se asentó en un lugar que el jefe inglés bautizó “Puerto Egmont”, en honor al entonces primer Lord del Almirantazgo. En nombre de su rey, tomó entonces posesión de este punto e islas vecinas, y luego siguió viaje rumbo al estrecho de Magallanes.

El 8 de febrero de 1766, otra expedición a las órdenes del Capitán John Mc Bride arribó a Puerto Egmont, donde estableció un torreón de defensa. Mc Bride traía instrucciones de “evitar cuidadosamente toda medida de hostilidad o violencia en el caso de encontrar pobladores de otras nacionalidades”. El 6 de diciembre, los ingleses descubrieron Puerto Luis, e intimaron a su jefe la entrega del establecimiento. Ante la negativa de éste, se alejaron de inmediato.


Ante tales sucesos, Carlos III, por Real Orden del 25 de febrero de 1768, ordenó al gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucareli, que efectuara el desalojo de los ingleses de Puerto Egmont.

Bucareli confió esa tarea al Mayor General de la Armada Real, Capitán de Navío Juan Ignacio de Madariaga. De Montevideo y para alcanzar dicho objetivo, partieron las fragatas “Santa Rosa”, “Industria”, “Santa Bárbara” y “Santa Catalina” y el chambequín “Andaluz”. En estos navíos iban embarcados 1.500 hombres, entre granaderos, fusileros y artilleros. El 4 de junio de 1770, la flota fondeó en la bahía de Puerto Egmont, y Madariaga conminó al jefe de la guarnición a abandonar la plaza.

Sin mayor resistencia, la guarnición inglesa se rindió el 10 de junio, y la estratégica base quedó a cargo de un destacamento español. Producido este hecho, Gran Bretaña exigió a España una reparación por el ultraje inferido a su dignidad, atacada -según su gobierno- en una situación de paz. El arreglo de devolución, que estuvo precedido por tensas tratativas en las que Francia intervino como mediador, se concertó en Londres, el 22 de enero de 1771, con la firma de la “Declaración de Masserano”. Por medio de este documento, el rey español se comprometía a restituir a su par inglés, la posesión del puerto y fuerte Egmont, pero con la reserva de soberanía española que fue aceptada plenamente por aquel país. Al volver la situación al estado anterior al 10 de junio de 1770, quedaba en evidencia, sin duda alguna, la precariedad de la ocupación inglesa.

Por convenio privado, la Corte de España impuso que la retirada inglesa de las islas se efectuara tan pronto como fuese conveniente, una vez restituido el puerto a los ingleses, hecho que se produjo en septiembre de 1771.

En mayo de 1774, se llevó a cabo la evacuación, episodio que se concretó de manera voluntaria y silenciosa. Los ingleses dejaron una placa de plomo -la placa del Teniente Clayton- con la leyenda “Las islas Falkland son del derecho y propiedad exclusivo del Rey Jorge III”, símbolo que fue retirado por las fuerzas españolas, y luego llevado a Buenos Aires.

España, entonces, como única soberana, ocupó todo el archipiélago, y desde el 2 de abril de 1767 hasta 1811, ejerció indiscutiblemente su soberanía sobre él, a lo largo del desempeño de una veintena de gobernadores. En 1811, la soberanía de España fue desplazada por el gobierno que surgió de la Revolución de Mayo. El 13 de febrero, por orden del gobernador de Montevideo, Gaspar de Vigodet, las fuerzas apostadas en Puerto Soledad -al mando del gobernador Pablo Guillén Martínez- fueron trasladadas a esa ciudad.

Con el proceso de independencia, las nuevas repúblicas, constituidas a partir de la transformación política del antiguo imperio español, poseyeron el derecho a tener por límites los de las primitivas unidades administrativas. En consecuencia, las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur formaron parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, hoy República Argentina.

Por consiguiente, desde el 6 de noviembre de 1820 hasta el 3 de enero de 1833 -momento de la usurpación inglesa- la Argentina tomó posesión, mantuvo y reafirmó su soberanía en el archipiélago en distintas ocasiones.

El 6 de noviembre de 1820, ante instrucciones del gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, el Capitán David Jewett -comandante de la nave “Heroína”- ratificó, en una ceremonia de carácter formal los legítimos derechos argentinos, e izó la bandera nacional en Puerto Soledad, saludándola con veintiún cañonazos. Asimismo, distribuyó una carta circular entre los capitanes de los casi cincuenta buques anclados en las caletas próximas, donde les participaba la toma de posesión del archipiélago en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas de Sudamérica. Cabe destacar que este documento fue difundido también por la prensa europea.

En agosto de 1823, el gobierno concedió a Jorge Pacheco, el usufructo del ganado lanar salvaje que poblaba las Malvinas, pero éste, desalentado por el mal comienzo de la explotación, vendió los derechos a Luis Vernet, quien llegó en 1826 para arraigarse en Puerto Soledad junto con su esposa María Sáenz.

El 10 de junio de 1829, el Gobernador delegado, Martín Rodríguez, instituyó la Comandancia política y militar de las islas Malvinas, con sede en la isla Soledad, y con un área que se extendía hasta el Cabo de Hornos, en el Atlántico. Luis Vernet ejerció el cargo de Gobernador desde el 29 de agosto de ese año, y se aplicó a la tarea de hacer cumplir los reglamentos sobre pesca de anfibios, que realizada en forma indiscriminada por parte de los loberos y balleneros extranjeros, constituía un grave problema.

Sin embargo, el pago por derecho de anclaje fue sistemáticamente eludido por los balleneros. En agosto de 1831, tras un incidente con tres pesqueros norteamericanos, Vernet se retiró a Buenos Aires, donde arribó con la goleta “Harriet” -cuyo cargamento había incautado- con el fin de someter el caso al fallo del Tribunal de Presas.

En dicha ocasión, el cónsul norteamericano en Buenos Aires desconoció el derecho argentino a reglamentar la pesca en las Malvinas. A fines de ese año, personal de la corbeta de guerra “Lexington”, de la Armada de los Estados Unidos, incursionó en Puerto Soledad al mando del Capitán Silas Duncan y cometió hechos gravísimos: se saquearon los bienes y las propiedades, se destruyeron las instalaciones de artillería, y los principales pobladores fueron conducidos a Montevideo.

La acción cometida por Duncan causó conmoción en Buenos Aires. En junio de 1832, el nuevo Encargado de Negocios norteamericano, Francis Baylies, siguiendo instrucciones de su gobierno, exigió la desautorización de Vernet, la devolución de los bienes incautados por él, y el pago de una indemnización. A su vez, puso en duda la legitimidad de los títulos de soberanía argentina. Ante tales circunstancias, el gobernador, Juan Manuel de Rosas, lo declaró “persona no grata” y le extendió los pasaportes correspondientes.

La Argentina inició ante el gobierno norteamericano, el reclamo por las pérdidas sufridas. En 1838, Carlos de Alvear presentó la primera queja en Washington. Téngase en cuenta, al respecto, que nuestra representación diplomática en ese país, sólo fue cubierta a partir de ese año. Y fue recién el 4 de diciembre de 1841, cuando aquel gobierno consideró que no debía dar una respuesta a la queja presentada, porque el derecho argentino a la jurisdicción sobre las islas, era disputado por otra potencia, y una respuesta en esas circunstancias, hubiera implicado un desvío de la que hasta entonces había sido su política cardinal.

Hacia fines de 1885, el Ministro Vicente Quesada renovó el desacuerdo argentino ante el Secretario de Estado Tomás F. Bayard, quien reafirmó la posición de su gobierno sobre el asunto, cuyo término sólo encontraría solución, siempre que Gran Bretaña reconociera la soberanía argentina sobre las Malvinas.

El 18 de marzo de 1886, en comunicación al gobierno argentino, Bayard consideró inaplicable la llamada “doctrina Monroe” al caso Malvinas. Y hasta la fecha, el gobierno estadounidense no ha dado las satisfacciones debidas por este vandálico proceder.

Usurpación inglesa

El gobierno inglés tenía noticias sobre el estado y población de las Islas Malvinas, datos que le fueron aportados por el Capitán Fitz Roy, luego de su periplo al Sur, en 1829. Entonces, Gran Bretaña emprendió, nuevamente, la posesión de las islas, como una escala para descanso y abastecimiento, en la ruta de navegación hacia Australia y Tasmania por el cabo de Hornos o por el estrecho de Magallanes.

Prologada por el atentado de la “Lexington”, la invasión inglesa quedó a cargo del Capitán John James Onslow, quien el 2 de enero de 1833, al mando de la fragata “Clío”, se lanzó al ataque de Puerto Soledad. Poniendo en práctica su estrategia, penetró en la bahía, donde se encontraba la goleta argentina “Sarandí”, al mando del Teniente Coronel José María Pinedo, a quien le comunicó las órdenes del Almirantazgo, consistentes en tomar pronta posesión de las islas.

Pinedo atinó a dejar sentada una protesta formal y designó un representante. Pero se embarcó en la goleta y regresó con su gente a Buenos Aires, donde fue sumariado por no resistirse de manera apropiada a la usurpación. Días después, fondeó en la bahía la goleta “Beagle”, cuyo comandante era Fitz Roy.

Esta nueva situación llevó a la colonización permanente de las islas y al desmembramiento de la unidad territorial argentina. En Puerto Soledad, los ingleses hicieron uso de las instalaciones y de la mano de obra contratada por la empresa Vernet. Con el pretexto de estar bajo dominio británico, el encargado de los almacenes, William Dickson, irlandés, rechazó los vales firmados por el ex gobernador, que los peones argentinos recibían como pago de salarios. Además, el capataz Juan Simon, francés, junto con Mateo Brisbane, ex mayordomo de Vernet, pretendieron incrementar el trabajo del personal argentino.

Tres gauchos y cinco indios charrúas, conducidos por Antonio Rivero, se sublevaron, y luego de una corta lucha en la que murieron Brisbane, Dickson y Simon, tomaron la casa de la Comandancia, el 26 de agosto de 1833. Arriaron entonces la bandera inglesa, e izaron el pabellón nacional que, por casi seis meses, ondeó en Puerto Soledad.

En enero de 1834, dos embarcaciones inglesas arribaron al puerto. El Teniente de Marina Henry Smith, nombrado Comandante de la isla, izó nuevamente la bandera inglesa e inició la persecusión de los sublevados. De a uno, los gauchos cayeron en manos de los invasores. Rivero, solo, sin resistencia, se entregó el 18 de enero.

Los prisioneros fueron remitidos a Gran Bretaña para ser procesados. Sin embargo, el gobierno inglés permitió su regreso, pues consideró que los hechos no habrían ocurrido en territorio de la Corona.

Mientras tanto, los sucesos sobre el desalojo argentino de Malvinas fueron puestos en conocimiento de las autoridades bonaerenses, en un detallado informe presentado por Pinedo. El gobierno de Buenos Aires, encabezado por Juan Ramón Balcarce, inició el reclamo por el atropello. Ello se hizo ante el Encargado de Negocios británico, Philip Gore, mientras que el 24 de abril, el Ministro Plenipotenciario Dr. Manuel Moreno, pidió a la Corte de Londres una explicación oficial sobre la ocupación de las islas.

El gobierno británico avaló la actuación de Onslow. Moreno presentó una Memoria-Protesta el 17 de junio -impresa en inglés y en francés- y a fines de ese año, difundió un folleto en inglés denominado “Observaciones sobre la ocupación por la fuerza de Malvinas por el Gobierno Británico en 1833”, destinado a divulgar el problema suscitado entre los círculos diplomáticos europeos. Pero en 1842, Inglaterra dio por terminada la cuestión, y estableció en las islas una administración civil, dirigida por un gobernador.

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 Enviado por: osvaldo buscaya <obuscaya@yahoo.com.ar>
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Publicado el 8 marzo, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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